Mira, Observador, la diferencia entre tu anonimato y el nuestro es que el nuestro es una salvaguarda y el tuyo es un signo de bajeza porque me da en la nariz que tú debes ser un cargo de esos que a veces se permite pedir la cabeza de alguno de nosotros, lo cual establece la misma diferencia que entre las víctimas y los victimarios, entre los censores y los censurados. Nosotros no queremos sentar cátedra ni impartir doctrina, tan sólo tener una plataforma para poder comentar asuntos lúdicos referidos a nuestro oficio o para volcar nuestros estados de ánimo por las trabas y las cortapisas con las que a menudo nos encontramos.

En mi corta pero intensa trayectoria en la blogosfera, he llegado a detestar actitudes como la tuya -no a ti personalmente, conste-, de gente que se dedica a entrar en blogs ajenos para faltar a los demás, tratar de reventarlos y hacerse los graciosillos (porque los de periodilistillos, como muestra de ingenio, es de un nivel ínfimo, paupérrimo). ¿Por qué no haces un comentario aclaratorio o una réplica en toda regla sobre el asunto que tratamos? ¿Por qué te sientes en la pueril necesidad de tratar de denigrarnos haciéndote, insisto, el graciosillo? ¿Por qué no creas tu propio blog y viertes allí toda la bilis que se entrevé en tu comentario al artículo sobre el Ayuntamiento de Martorell publicado por Julius J.F. el 12 de junio?? Permíteme, Observador, que te imagine sentado frente a la pantalla automagreándote mientras tratas de ponerles cara a nuestros pseudónimos. Permíteme, Observador, que con toda la amabilidad que soy capaz de concitar, te envíe a freír espárragos.

En cuanto al meollo de la cuestión, creo que está feo eso de filtrar informaciones de forma interesada. Además, las filtraciones pueden ser admisibles en el terreno de la alta política, pero en lo relativo a la información local a mí me parece que andarse con estos enjuagues resulta cutre y alicorto. Y a partir de aquí, si lo estimas conveniente, podemos iniciar un debate sobre ética periodística, en el que hasta tú tendrías cabida, porque, aunque sostengas lo contrario, aquí no vamos de íntegros. ¡¿Cómo vamos a ser íntegros si nos obligan a prostituirnos cada día?!

Amadeo Torner (El)