Después de dos años, otra vez Alimentaria. Pocas cosas han cambiado. He aprendido a que es mejor beber vino, que no beberlo. No lo digo únicamente por sus efectos neuronales, sino porque lo dice así un danés llamado Morten Groanbaek, que por lo que se ve sabe mucho. Que un corresponsal, cuando la feria es grande y los regalos son previsibles pinta menos que los del Río en un festival heavy -en 3GSM, al que no fui, ya me han comentado los móviles que regalaban...- Que los colores no importan tanto como los sabores, que lo importante es hacer negocio y que la gente se mueve más por el estómago que por ideas difusas como la paz o la solidaridad. He visto una amplia colección de personas cuya primera y más básica ambición era comer gratis. ¿El qué? Da igual. Comer gratis. He visto como de nuevo las prostitutas aguardaban a posibles clientes en el cierre de la feria, como señores mayores iban cogidos de la mano, felizmente, de chicas más jóvenes y con pinta de secretarias. He sufrido de nuevo taxistas que son capaces de coger las curvas rectas e ir a 140 kilómetros hora por la ronda para poder hacer un nuevo viaje. Taxistas que se peleaban por su ticket de 1,5 euros. He experimentado atascos a primera hora de la mañana, madrugones para preparar temas similares a los de años anteriores. Ruedas de prensa infumables con tipos raros a los que no entendía. He sufrido de nuevo lo cansado que es andar sobre moqueta. He experimentado la buena sensación que era tener, de alguna forma, horarios. Cuando se chapaba Alimentaria era como cuando se acababa el mundo. He hablado con gente muy diversa y, curiosamente, bastante amable aunque les salieran euros en forma de macarrones por los oídos. He sufrido llamadas interesadas buscando un breve furtivo. He pasado hambre. Me alegro que esto se haya acabado. Y, una vez más, aunque haya muerto en el intento más de alguna de mis neuronas, he sobrevivido.

Alhakem el culinario